Estaban juntos, mirando al horizonte desde lo alto de un barranco, la inmensidad condensada en una negra sombra y aquel pequeño muchacho. La inmensidad esperaba con eterna paciencia a que el muchacho hiciese lo que había ido a hacer ahí, entregarle su vida. Podía verse en la triste mirada de aquel jovencito la entereza que irradiaba desde lo mas hondo de su alma. No tenía miedo, puesto que todo lo que había vivido en los últimos tiempos era más temible que saltar a ese gran agujero, y podía decir que la muerte haciéndole compañía después de estar tan solo era algo reconfortante.
Después de un largo silencio, la muerte contempla al muchacho, quien da un paso hacia atrás aún con la mirada al horizonte:
>¿Y bien? - Pregunta la muerte.
>He decidido no hacerlo. - Dice el muchacho.
>¡¿Pero porqué has decidido eso?! - Replica la muerte sorprendida. - Si has venido hasta aquí, hasta este desolador punto de la nada para acabar con toda esta desgracia que te circunda, ¿me dirás acaso que te has acobardado?
>No. - Contesta el chico. - No se trata de eso, no te temo, mírame a los ojos y sabrás que no miento.
>Veo que no me mientes, sin embargo, ¿cual es la razón por la cual no deseas abandonar todo esto, el inmenso dolor que crece día con día dentro de tu ser, la inexorable agonía del abandono, el infinito sentimiento de olvido que ahoga tus entrañas? Sabes que ponerle fin a todo esto no significa ningún mal, no hay nada que temer. - Arguyó la muerte.
>Lo sé, y sin embargo he decidido que no quiero. - Aseguró el muchacho.
>¿Sabes que volver ahí significaría una locura no?, te han quitado todo, tus esperanzas, tus sueños, incluso tu presente no vale nada, y esa persona por quien tú morirías, te ha traicionado y abandonado, ¡ahora se ríe de ti! - Replicó la muerte. - y, - continuó - francamente, me preocupará mucho tu haber el día de mañana si me permites el atrevimiento de mencionarlo. Mejor descansa mi querido muchacho, entrega a mis brazos tu amargura y descansa, yo no deseo verte sufrir más, ni a ti ni a nadie. - Dijo tiernamente al muchacho, como si un padre profesase amor hacia su hijo.
>Por eso mismo quiero regresar. - Dijo el muchacho firmemente. - Porque, aunque no tenga ninguna esperanza y me hayan quitado todo, soy dueño de lo que queda, de mi cuerpo, mi vida.
>¿Y que harás con eso? - Preguntó la muerte.
>No lo sé, al menos seguir ahí, verdaderamente no lo sé, sin embargo ahí estaré. - Agregó - no quiero dejar de sentir aún. Dejarme acariciar por esa brisa que viene de allende las fronteras, divisar la luna en el horizonte, sentir la tierra en cada paso, eso me pertenece.
>También el dolor. - Advirtió la muerte, triste.
>También el dolor, es mío, ya veré que hacer con eso, al menos ignorarle, olvidarle, ser más fuerte, vengarme, lo que sea me pertenecerá solo a mí. - Agregó - total, más en el fondo no puedo pisar, he venido hasta aquí a verte ¿no?.
La muerte, algo melancólica por lo que acababa de oír, se sentó en el borde del horizonte y le pidió que la acompañase; una vez que ambos estuvieron ahí, contemplando la nada durante algún tiempo esta le dijo dulcemente al muchacho:
>Debes saber que el morir o el vivir es casi lo mismo, de hecho, no hay nada en el otro lado que pueda hacerte sentir peor de lo que te sientes ahora entre los vivos, sin embargo, la única diferencia es que no estarás a mi cuidado sino hasta que sea tiempo, aquí tu eres amo y señor de tus acciones, alegría, sufrimiento, ira, venganza, un ser "libre", solo pero libre. En mis brazos eso ya no existe, amo demasiado a todo ser como para dejar que sigan sufriendo. Ahora, si has decidido abrazar esta vida, solo te doy este consejo, vive intensamente lo que tengas que vivir, aprende de tu dolor y de tu sufrimiento para ser mejor. Sé un guerrero, un mago, un santo o un ladrón, a mis ojos no hay distinción alguna. Lucha en esta vida por encontrar el verdadero amor, pues resulta divertido encontrar algo que es escaso; y si llegas a envejecer y te encuentras en soledad, tienes mi solemne promesa de que el amor que no encontraste no te faltará aquí, ni el de una pareja, ni el de un padre, ni el de un amigo. Si te interesan la justicia y la virtud, puedo decirte que la que experimentarás ahí es solo una pequeña prueba de lo que te espera, si no, deja de temer, que no existe castigo alguno en mi seno.
>Yo deseo ser feliz - Agregó el muchacho con lágrimas cayéndole de los ojos. - Aunque odie, aunque me duela tanto vivir ahora.
>Y lo serás, pues es lo que verdaderamente buscas, que no te confunda el presente, todo es una ilusión. Al menos como dices, te perteneces a ti mismo.
Después de esto, ambos quedaron en silencio algún tiempo contemplando a las montañas ser bañadas por la luz de la luna, y sintieron como ese aire eterno revoloteaba al rededor de sus presencias, una sonrisa algo triste pero nacida desde el fondo del alma aquel joven iluminó la mirada sombría de la muerte.
>Debo irme - Dijo el muchacho secándose las lágrimas de los ojos - Ya es tarde y el camino de regreso es algo largo.
>Vete ya. - Responde la muerte sin dejar de mirar al horizonte.
>Gracias, y hasta pronto. - Dijo el muchacho.
>Recuerda que te amo. - Sollozó la muerte. - En verdad les amo a todos, mis valientes. -Fue un leve suspiro que salió del viento, después nada.
El muchacho se encaminó a su retorno, aún con dolor en el alma, pero con los bríos suficientes para soportarlo y seguir con vida, esa vida de la cual se sabía dueño, pensaba en su objetivo, el cual consistía en encontrar otro camino, otro sendero infinito como el que cada uno de nosotros cruza a cada instante.
