viernes, 14 de enero de 2011

Hospital

Es interesante ver como el cuerpo se las cobra de algún modo a sazón de la  actitud que cargamos en determinado momento.

El día de hoy me la he pasado en el hospital, comenzando el día con un dolor tan insoportable que solamente puede ser comparado con la manera de sentir la vida que he tenido en estos días. En ese sitio, todo comienza con la más grande incertidumbre, no existe la confianza, solo el mero engranaje normativo, no eres una persona, eres un dato, una cifra, un caso. Cabe recalcar que la impresión primera no se va del todo al transcurrir el día. Después de los primeros momentos de espera, te despojan de tu identidad brindándote otra, la de un recluso sin importancia vestido con un batón verde. Seguidamente surgen como torrentes inesperados grandes flujos de calidez humana, indudablemente te conviertes en el centro de atención, te vuelves la celebridad con una vida que contar; cuidados, preguntas, una plática agradable con una bella pasante; e inmediatamente comienzan las punzadas de dolor en lo que se encuentra la vena indicada para extraer muestras y colocar el suero -ser canalizado es como ellos lo llaman-. Después de 3 intentos errados y dolorosos, algo de alboroto nervioso y esos torrentes anteriormente mencionados de calidez humana, acompañados con el olor penetrante del alcohol, la fría caricia constante del metal clavado en tu mano y los flujo rutilante de solución analgésica, te quedas solo.

La solución gotea lentamente en el catéter, emulando la eternidad con la que fluye el tiempo en este lugar. Al mirar a tu alrededor, te encuentras con los números siguientes, casos más graves que el tuyo se arremolinan en los pocos espacios disponibles y la atención se desmorona en rostros de desesperación, pena y hastío; Sé al mirar todas sus acciones, esmerándose tanto, si de ellos dependiera, se multiplicarían por 1000 y multiplicarían por 1000 kilómetros el espacio en donde nos encontramos para brindarle a todos la misma atención, pero la realidad no es así; somos muchos, y no todos tenemos la misma vocación por cuidar de otros seres humanos. Al transcurrir el tiempo me toca el turno de hacerme placas, no sin antes recibir alguna visita preguntando si todo está bien. Es un momento agradable, la radiación sirviendo en vez de destruir, los sujetos foráneos encargados de la maquinaria, un grupo de agradables enfermeros y médicas pasantes tienen una plática divertida hasta en la cual me veo invitado a participar, la refrescante sensación de haber cometido un error por parte de los encargados me retiene en esa habitación unos minutos más, el hombre cargando su bolsa de suero conectada al brazo se olvida del dolor, no del todo. Afuera de la habitación, incertidumbre y desconsuelo. Regreso al ala de urgencias con mis flamantes placas de rayos X en las manos, ningún médico las revisa siquiera.

Tic, tic, tic, suena sordamente la gotera de mi catéter, me entretengo con mi celular o con una que otra plática con algún otro enfermo, quien casualmente sufre las mismas condiciones de mi padecer, solo que las de él carecen de origen. Siempre lo han carecido según me va contando. Pasa el tiempo, la nueva enfermera con esa típica cara de pocos amigos, parecida a la matrona militar de alguna especie de claustro para señoritas se encarga de lo poco que hay que hacer conmigo ahora. Ella dice a lo lejos que algunos se creen dueños de la situación pero que no hay que dejarse de ellos; eso me confirma lo que su rostro me venía platicando. Acelera la velocidad del suero en el catéter, el líquido fluye a una velocidad desmesurada quemándome las arterias, un sentimiento agri-dulce, algo entre dolor y placer que no puede explicarse con exactitud. Cuando el líquido comienza a terminarse, recuerdo las ocasiones en las que he leído acerca de la mortal capacidad del oxígeno inyectado dentro del sistema circulatorio, un pequeño flujo de aire inyectado en las arterias causa un infarto fulminante, algo también reforzado por algún estúpido pasante de enfermero quien jugó conmigo de este modo alguna vez; mi mente comienza a preocuparse al ver como el líquido va bajando hasta no quedar nada, llamo a la enfermera y esta me cambia el suero, algo más grande y más lento de consumir comienza a fluir por mi sistema. La bella pasante me informa con anterioridad de un ultrasonido al cual nos dirigimos un momento después, ella me hace el favor de llevarme en una silla de ruedas a pesar de haberle dicho que podía ir por mi cuenta; nos divertimos mucho corriendo a algo de velocidad por el pequeño pasillo que nos lleva al cuarto de ultrasonido, que linda y jovial mujercita debo recalcar. Ya ahí, dejado a mi suerte en espera de que me reciban, abre la puerta la médico con quien había bromeado horas atrás en el laboratorio de rayos X, comienza a hacerme unos estudios aseverando que se piensa tengo apendicitis, después de revisar mis entrañas con el equipo revisa que todo está en orden y con los tamaños indicados, inmediatamente ella y su asistente me "morbosean"-¡como más decirlo!- desde mi interior, haciéndole halagos a mi glándula seminal y a lo que pudiera verse de mis órganos reproductivos. La placa sale negativa, y regreso al ala de urgencias nuevamente. Una mujer con el cachete del tamaño de una sandía intenta platicar conmigo mientras se excusa de todas maneras ante su médico para no ser operada, tenía la muela podrida desde el 24 de diciembre y la infección estaba por llegarle al cerebro, sin embargo, ella se mostraba de lo más razonable y saludable del mundo, alegando con sus placas que no veía nada de malo en su boca, es el típico terror de un enfermo que los médicos ya saben leer.

Todo termina con mi salida horas más tarde, pero en ese lugar aprendes una lección importante, de esas que no pueden ser explicadas con palabras, que se imprimen en el alma.

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