Esta narrativa la publiqué el 24 de octubre en mi deviant.
El escenario es este: Ya entrada la noche en un lugarcillo de un precario estilo arquitectónico resaltando morbosamente entre las dormidas casas del seco estilo colonial local entre las calles del centro de la ciudad, cerca de la calle principal; vomitada desde el interior de un porche pululaba una miscelánea de criaturas que adornaban la fachada: vampiros, luchadores, pitufos, estrellas del gastado pero inmortal rock de los ochenta, payasos, cuscas y palurdos, todos reunidos expectantes de desenfrenadas sensaciones posteriores.
Y ahí estaba yo, parado en medio de esa singular definición de la nada, excretando cordialidades y zalemas a los sátiros que se me hacían familiares por mero automatismo. Esperando un tiempo, la voluptuosa pero contrastante "hostess" salió a darnos la bienvenida, una enfermera con más voluntad de llevar a la cama a un enfermo que de curarlo, su indumentaria exaltaba a la indagación minuciosa de sus recovecos por cada uno de los cerdos disfrazados de hombres que en ese momento adornábamos aquel umbral; ya adentro, las cosas llevaron su curso común, fui agasajado con un tibio vaso de alcohol y unas cálidas excusas y disculpas por ese inconveniente, pude conseguir un ínfimo momento de calma y tranquila algarabía a pesar de estar entre metódica música científicamente desarrollada para exaltar la animalidad de los seres humanos (repetitivos pulsares sonoros sintéticos regoldados por una única bocina puesta en sacrificio para representar esta labor que es muy diferente de su razón original de existir), cosa que no tardó mucho tiempo por mi apremiante necesidad de moverme de aquel rincón infestado de insectos por el asco y mi natural curiosidad por ver que podría encontrar por allí, total, una vez estando en el lodo lo mejor es buscar pepitas de oro. después de haber encontrado el servicio, en el disparatado segundo piso de un interior igual de delirante que el exterior, me vi invitado a abandonar la pieza por mi necesidad de aire fresco y un poco de luz de luna, ya hastiado de buscar algo que valga la pena ocurre lo obviamente inesperado, levantando la mirada los veo, un par de ambarinos prismas de similitud felina cargados de la contrastante sensación de lascivia e ingenuidad, su mirada encontró a la mía, una sonrisa se pintó desde su interior y acabó marcándose en su rostro, en un momento eterno nos permitimos un roce después del cual mi repulsión, mi aburrimiento y mi pedantería se fueron al carajo. ¡Oh demonio llévame a tu calor para sofocarlo con el mío!; la presencia de tan cándida diablilla me hizo soportable la estancia en aquella saturnal por algún rato, en el que no dejamos de lanzarnos miradas cargadas de fulgor intenso y respirábamos el vaho proveniente desde lo más recóndito de nuestro deseo tan penetrante como el azufre, durando esto hasta su partida al desconocido averno, su hogar. El tiempo seguía su cauce y la noche se hacía más negra, individuos de tierras de allende el continente nos demostraban que el proceder subnormal, la animalidad, el salvajismo mórbido, la pestilencia y la perfidia es tan natural e inherente en los hombres de "la raza superior" como en los pesciformes negros y desfigurados gitanos que Lovecraft nos describe con tanto desprecio en sus relatos; otros monos disfrazados del ideal de la vida "paci-fascista-fista" marchita en años acaecidos hicieron acto de presencia saliendo de una carnavalesca carcacha (que irónicamente contamina tanto como los yuppies a quienes aborrecen), complementando el charco de agua mugrienta que manaba desde el interior y que con su fluir parecía traerse consigo al aquelarre sudoroso de informes avatares a mancillar la solemne paz nocturna de la rambla. Nuestros queridos e irónicos hipócritas ahumaron la noche con mariguana, envenenando más el enrarecido ambiente cundido de vapores de alcohol y cigarros, cosa que me importó una madre al aferrar mi atención en los exuberantes zafiros de Hecate -diosa de los infiernos de Iberia- disfrazada de cañí, a quien el humo de la mariguana envolvía danzante su esbelta -esbeltísima- figura confiriéndole un aire de sensual Catrina; no la tendría en mis brazos hasta tiempo después en un candoroso abrazo para llenarme de ella en mi partida hacia la inmensidad de la noche. Entre tanto, la noche seguía, en la calle las formas horrendas y de desorbitada mirada convulsionaban al son de una música de tintes altamente fascistas -!belleza futurísta válgame la reiteración¡- disfrazada con lírica de protesta social, estos saltaban y se golpeaban entre sí, arremetiendo violentamente contra una infortunada caja de leche que no pudo defenderse por la elección de tan estúpido disfraz ¡el ganador de la noche señoras y señores!; sacando espuma por la boca, trastabillando y cayendo, cometiendo injurias contra los transeúntes y escondiéndose cual cobardes al divisar luces de autoridad, como cucarachas que se esconden a la luz del sol al levantarse su laja del suelo, el espectador tuvo demasiado; el patético sinsentido que se exponía esa noche desde que llegué me llevó a un profundo estado de reflexión sobre la verdadera razón del ser humano; las luchas ideológicas, los conceptos de paz y guerra, la falsa espiritualidad y la grosera religión que se erigen extasiadas sobre fálicos pilares, la autodestrucción, la visible añoranza de la involución del la especie humana atormentada por el sufrimiento de saberse por completo abandonada en su razón, la soledad en todos esos hombres y mujeres, la victoria al niño interior de parte del yo adulto al alcoholizarlo y drogarlo para confundirlo, obligándolo con esto a cercenarse cada vez más hasta desaparecer en nada; pensamientos con efectos repelentes de casi toda interacción humana trivial me sugirieron que ya era hora de partir. Me despedí candorosamente de Hecate y partí, dejando el aquelarre en su lugar me aveciné paso a paso hasta fundirme con la inerme oscuridad de la noche donde la eternidad nos brinda su cobijo; permitiéndome surcarla plácidamente, la fresca brisa parecía susurrarme que no soy por completo, "Humano".
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